sábado, 3 de noviembre de 2012

El día que casi quemo mi casa al ir a freir un huevo.



Hace ya mucho tiempo, aún era joven y todo, un día, estaba yo de exámenes, mi familia salió a almorzar fuera, y yo me quede en casa para aprovechar bien el día estudiando.

Como ser vivo que soy, llegado cierto momento me tuve que plantear el almorzar. Había en el frigorífico croquetas de mi abuela, y tuve la brillante idea de freírme un huevo para poder mojarlas.

Justo cuando puse el aceite a calentar me llamó por teléfono un vecino para preguntarme por un CD. Me pasé a la habitación del ordenador y comencé a buscar entre los CDs mientras charlaba con mi amigo. La conversación, así como la búsqueda del disco, se alargaron un poco más de lo esperado. Ya que estaba, me preguntó por otro disco, y yo, que estaba seguro de haberlo visto mientras buscaba el primero inicié una nueva búsqueda. Finalmente me dio las gracias y me dijo que ya se pasaría por los CDs.

Cuelgo el teléfono inalámbrico. Salgo de la habitación. Y me topo con una densa neblina que se volvía más espesa mientras más me acercaba a la cocina. Una vez allí dentro pude ver como la fuente de todo aquel humo era una llama de un palmo y medio de altura que salía de la sartén.

El aceite había alcanzado la temperatura de vaporización, es decir, la temperatura a la que el combustible comienza a generar vapores (como en la sartén de la foto), y ese gas producido había alcanzado la temperatura de ignición, 300ºC en el caso del aceite, temperatura a la que el gas comienza a arder de forma espontanea sin necesidad de que exista una fuente de ignición (perdonen que no ilustre dicho momento con otra foto, no es plan de destrozar una sartén ni poner en peligro la casa por conseguir una foto).

La combustión es una oxidación violenta. El combustible es un compuesto químico, formado por átomos que están unidos por una serie de enlaces. Al calentar el combustible lo que hacemos es agitar esos átomos, lo que unido a la exposición a un agente oxidante, como es el oxígeno, puede propiciar que los enlaces del combustible se rompan y se formen otros nuevos, produciendo como productos de la reacción el dióxido de carbono y el vapor de agua, a la par que se libera energía en forma de luz y calor, lo que viene siendo el fuego que apareció sobre la sartén.

Como decía, yo era joven y tenía el cerebro embotado de tanto estudiar aquella mañana, así que mis reacciones al fuego no fueron exactamente las más recomendables. Espero que lo que viene a continuación les permita comprender algunas de las cosas que no hay que hacer ante el fuego.

Ante lo agobiante que resultaba el humo, mi primera reacción fue abrir la ventana para renovar el aire, pero esto dotó de más oxigeno a la habitación y a la reacción de combustión, por lo que la llama creció medio palmo más de altura. Estaba avivando el fuego.

La adrenalina sube, y lo siguiente que se me pasa por la cabeza es intentar de apagar el fuego, y claro está, ¿qué se usa para apagar el fuego?...

Cuando cuento esta historia todo el mundo me interrumpe en este momento y dice “¿no echarías agua a la sartén?” que dicho así suena un poco burro porque me puedes imaginar cogiendo agua y echándola sobre la sartén. No, no hice eso, metí directamente la sartén bajo el grifo de agua.

El agua es usada para extinguir el fuego por varias razones. Cuando echamos agua líquida al fuego, esta se va a calentar y evaporarse, proceso con el que absorbe una gran cantidad de calor, y con ello, disminuye la temperatura del combustible, apagando el fuego si llega a reducirse la temperatura por debajo del punto de ignición antes mencionado. Además, al cubrir el combustible con una capa de agua lo estamos aislando del aire, lo que impide la combustión.

Pero en este caso el agua no es la mejor opción. El aceite arde a 300ºC mientras que el agua hierve a 100ºC, por lo que el agua líquida pasa a vapor nada más ponerse en contacto con el aceite ardiendo.
Imaginen una sola gota de agua que cae al aceite. Está formada por muchísimas moléculas de agua unidas por enlaces débiles. Al calentarse, estas moléculas se agitan hasta romper los enlaces debiles que las unen, y salen despedidas cada molécula de agua en una dirección, con lo que empujan el aceite en el que han caído provocando salpicaduras de aceite. Cada pequeña gota de aceite que sale volando, mientras está en el aire, se encuentra en ese momento rodeada de más oxígeno que cuando estaba con el resto del aceite líquido, por lo que se fomenta su combustión.

Total, que al meter la sartén con aceite ardiendo bajo el grifo de agua, conseguí una llamarada que podría alcanzar... no sé, diría que unos 4 palmos de altura, pero no se los puedo asegurar, la verdad es que no pondría la mano en el fuego.

Dejé la sartén sobre la vitrocerámica, ya apagada por supuesto, y viendo que todo lo que a mí se me ocurría solo servía para empeorar la situación decidí acudir a esa persona que sabes que no te puede fallar. Decidí llamar a mi madre.

Con los nervios, y la humareda, busqué el teléfono inalámbrico por toda la casa. No me acordaba que lo había dejado junto al ordenador. Y cuando por fin llamo a mi madre…

Piruriru piruriru piruriruru

El teléfono de mi madre sonaba en su dormitorio. Bien por mi madre.

¿A quién llamas cuando no puedes contactar con la persona que piensas que no te puede fallar? Pues a la persona que sabes que no podría fallar a la persona en que confías que nunca te puede fallar. Total, que llame a la madre de mi madre.

- Hola, abuela.

- Hola, nieto.

- Oye, mira, que tengo un problemilla, pero nada grave.

- Tus padres se han ido a comer a la playa, ¿no?

- Si. Mira es que tengo un problemilla, pero no te vayas a preocupar que no es nada. Estaba preparando el almuerzo…

- Yo te he mandado unas croquetas que me han salido muy ricas.

- Si, abuela, pues precisamente iba a freírme un huevo para mojar las croquetas, me he distraído y el aceite ha empezado a arder.

- Ay que ver, te hubieras venido aquí, hubieras comido con nosotros.

- Ya abuela, pero es que tenía que estudiar, y ahora tengo el aceite…

- Pues mira, yo le he puesto un plato de estofado al abuelo… ha repetido y todo.

- Si, abuela, pero es que se me está quemando el aceite ¿Cómo podría apagarlo?

- No abras las ventanas, que eso aviva el fuego.

- No, claro, abuela. Pero ¿Cómo lo apago?

- Tampoco le vayas a echar agua.

- No abuela, no se me ocurriría, por favor... - lease con voz de indignado en plan "ni que yo fuera tonto"- pero cómo debería de apagarlo, es que está ardiendo…

- Porque si te hubieras venido te hubiera puesto un plato de estofado... al abuelo le ha encantado, me ha salido muy tiernita la carne...

- Sí, abuela, pero no podía. Eh...¿cómo puedo apagar el fuego?

- No le vayas a dar con un trapo. Eso es, si un amigo tuyo está ardiendo tiene que tirarse al suelo y rodar, y tu le pegas con un trapo.

Menos mal que no se me había pasado por la cabeza darle con un trapo a la sartén…

- No abuela, por supuesto. Pero tengo la sartén ardiendo…

- Es que te deberías haber venido. No sé la necesidad que tienes de comer solo en casa.

- Ya abuela, pero es que tengo que estudiar. El fuego…

- Porque aquí ha sobrado comida, y eso que el abuelo ha repetido.

- Si, abuela, pero el fuego ¿cómo lo puedo apagar?

- Eso tienes que coger una tapa de una cacerola y cubrir la sartén.

En ese momento se me encendió la media neurona que tenía por aquel entonces y comprendí que la solución que me proponía mi abuela limitaría la cantidad de oxigeno de la reacción, y cuando el oxigeno del aire atrapado entre la sartén y la tapa se agotase cesaría la reacción de combustión.

Los siguientes cinco minutos los pasé buscando una tapa de sartén lo suficientemente grande como para cubrir la sartén sin quemarme y poder apagar el fuego, mientras trataba de despedirme de mi abuela sujetando el teléfono con el hombro. Me insistió en que la volviera a llamar cuando apagase el fuego, y nuevamente en que debería haber ido a su casa a almorzar aquel día. Apagué el fuego y seguía con mi abuela al teléfono diciendome lo rica que le había salido la comida.

Han pasado los años desde estos hechos. Ahora sé como apagar una sartén ardiendo, y quiero que conste que me he convertido en un cocinero medianamente aceptable.

1 comentario:

  1. Antonio, soy Eli, te sigo. No sabía que tuvieras un blog, me he enterado por Facebook. Un besooo!!

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